PROLOGO
2 Abril de 1957
09:41:11 horas.
La Plaza de Armas disfrutaba de una mañana primaveral y agradable, con su rutina de jubilados, lustradores de zapatos trabajando arduamente frente a los asientos de madera verde, vendedores de barquillos con sus tómbolas multicolores, gran cantidad de gente haciendo su tediosa cola a la espera de tomar el Trolley para el Canal San Carlos, ancianos empujando sus humeantes carromatos construidos como buques mercantes que iban repletos de maní tostado, deliciosos pirulíes y aquellas inmensas substancias de Chillán, etc., etc. En fin, muchas otras escenas del andar cuotidiano en el corazon centrico del Gran Santiago.
Era la actividad normal de un día cualquiera.
En las esquinas de Catedral con Ahumada, los compradores salían felices y contentos de la elegante tienda por departamento "Los Gobelinos", cargados con paquetes e ilusiones de grandeza financiera. Por su parte, los negocios en el Portal Fernández Concha con sus hotdogs del Bahamondes, el Tente´npié de La Reina, la harina tostada de los pequeños kioscos orillando el interior del edificio, las farmacias, etc., etc., casi no tenían capacidad para atender a toda esa clientela que caminaba, entraba y salía de aquellos negocios repletos, buscando algo de comer, una ganga cualquiera, un engañito para su pareja y los chiquillos, un dulcecito chileno o, simplemente, un pasatiempo más.
La gente se paseaba como de costumbre por la concurrida y aún vehicular calle Ahumada; curioseaban por la calle Estado que, como siempre, estaba repleta de comercios con vitrinas atractrivas; caminaban apurados por Catedral, quizás para ir a "La Gallina" y comerse un sandwich de ave en cama de mayonesa y con su eterna tira delgada de pimentón rojo sobre el tierno pedazo de pollo; en Huérfanos, los empleados de las oficinas aparecían en la calle deseosos de ir a almorzar a sus casas o para buscar un restaurante adecuado a su acostumbrada colación.
En conjunto, todos hacían de ese martes un día más en la ajetreada vida del centro capitalino.
Nada hacía pensar que, a eso del mediodía, varios individuos desconocidos y poco usuarios del lugar, amén de verse extremadamente agitados por razones que nadie comprendió, ni siquiera años más tarde, salían misteriosamente desde cualquier parte y comenzaban a saltar como enloquecidos en los bancos desocupados de la plaza, en el segmento de Catedral, entre Ahumada y Estado. Por momentos, los que se lustraban sus zapatos o leían la recién salida edición de "Las Ultimas Noticias", ignoraron todo lo que sucedía pensando en que se trataba de unos cuantos rotos desagradables, bulliciosos y alocados. Nunca se les ocurrió, siquiera, suponer que se "atreverían" a crear dificultades mayores.
---" Total", expresó en voz alta, temeroso a ratos, un hombre que parecía huir rápidamente de la escandalosa escena, "vivimos en un país democrático en el que todos pasamos por el Patio de Los Naranjos cuando vamos de la Plaza Bulnes o a la de La Constitución". Iba hablando a media voz mientras caminaba a hurtadillas, con pequeños y casi silenciosos pasos, hacia la esquina de Huérfanos para tomar su micro al Barrio Alto. En todo caso, su declaración de capitalino parecía ser el concenso general de la época.
---"¡Y de´ajito ´e la cas'el Presi´ente.¡Eso si que's grande´iría yo!" le corroboró un lustrabotas, escuchándolo al pasar.
---" ¡Somos famosos por eso!", dijo un pituco.
---" El Presidente Alessandri caminaba con su perro, y hasta sin escolta, por el Parque Forestal y nunca nadie le hizo ni le dijo nada" agregó una señora canosa que pasaba por allí.
---" !Ay, m´ija!Si su hijo hasta se iba a pié de La Moneda al departamento que tenían en la calle Phillips", coreó una elegante jovencita que se aprovechaba del espectáculo para quitarle su puesto a un chiquillo que le miraba lividinosamente sus piernas, en la cola del Trolly a Bilbao.
Pero la realidad estaba a punto de cambiar radicalmente al tranquilo panorama capitalino y, por ende, a todas aquella opiniones.
10:45:40 horas.
Hombres y mujeres mal vestidos, niños descalzos y harapientos, todos mezclados con grupos de aparentes universitarios de la clase media y supuestamente venidos de las universidades en la Alameda, dejaron de quebrar los asientos para lanzarse a la carrera por Catedral, doblar a la derecha en Estado y enfrentarse a un carabinero que, inocentemente, efectuaba su trabajo dirigiendo el tránsito desde su caseta de semáforo, al costado oriental de Moneda, junto a la Iglesia de Los Benedictinos.
¡Debían ser más de cien!
El uniformado comenzó a mostrarse nervioso. Colocó las luces de tránsito en automático y bajó de su puesto para investigar, de cerca, lo que sucedía de manera tan repentina y misteriosa. Caminó unos pasos hacia el centro de la calle. Cuando llegó a la mitad, fué encarado por unos cuarenta mal agestados que le gritaban toda clase de improperios.
---" ¡Paco desgracia'o!" bociferó un pelusa chico, mientras corría alrededor del uniformado.
---".¡Abusa´or! Asesino'e niños!" agregó una mujer de unos cuarenta años que aún vestía su delantal desteñido y roto.
---"....¡Infelíz! ¡Degenerado...¡" se escuchaba desde aquella muchedumbre descontrolada.
¡Nadie se lo había esperado!
Los transeúntes se asustaron. Algunas mujeres gritaron de espaldas contra la muralla. Otras, corrieron a esconderse. Casi todos los hombres parecían confundidos y algunos oficinistas, que al oir el bullicio, se asomaron desde una de las ventanas del edificio de tres pisos, se veían claramente indignados pero silencios. Porque los revoltosos les habían interrumpido su sagrada y muy esperada hora del almuerzo.
En una orilla de este maremagnum de violencia humana, una anciana parecía paralizada por los hechos, el ruido y la agitación general. De pronto, se encluquilló tomándose con ambas manos su cabeza canosa y, al agacharse, una hilera de orina le corrió por entre sus piernas delgadas y tiritonas, dejando una posa cerca de los talones de sus zapatos negros, viejos por el uso. Desde la puerta de una de las tiendas salió una jovencita a la carrera y, tomándola vigorozamente por su mano izquierda, la levantó casi en peso mientras le transportaba hasta guarecerla bajo un alero de la vitrina principal.
---" ¡Ay Dios mio!¡Canallas!¡Van a matar a esta pobre señora! Lárguense de una vez¡Bandoleros!¡Déjenla vivir tranquila!"
El carabinero caminó valientemente hacia pasado el centro de la calle. Obviamente, había perdido su paciencia.
---" ¡ A vera ver¡ ¿Que´s lo que pasa aquí!?" dijo con cierta autoridad, enfrentándose a una porción de gañanes que gritaban desaforadamente, agrupados y desfiantes. El número iba aumentando por segundos.
---" ¡ Cállate paco maricón¡", le insultó un enano que, de inmediato, se largó a correr, tastabillando y cubriéndose con sus pequeñas manos la desproporcionada cabeza. Se veía temeroso del palo imaginario que el uniformado le daría para callar su insolencia. Le había sucedido otras veces.
En la cara de indignado que se le dibujó, como defensa ineludible para esconder su miedo, se le creó un sentido de falsa autoridad. Dejó traslucir aquel pánico que más de un oficial le infringió en su mente, hoy en estado paranoico, cuando en la trayectoria de su entrenamiento le implantaron aquella disciplina repleta de insultos, gritos y absoluta carencia de respeto a su dignidad humana. No era otra cosa que la característica y el requerimiento acostumbrado en el trato a que eran expuestos los paramilitares de la epoca.
Un pililo, que estaba cerca, no pudo evitar aquella vieja parodia que usaban los niños para impresionar a sus amigotes. La costumbre decía que el chico, o actor del enfrentamiento, debía acercarse al uniformado y mentarle la madre delante de todo el mundo o, mejor dicho, decirle una cochinada más o menos poderoza. Pero, la realidad de las cosas era que el muchacho se acercaba con modales de violencia y le preguntaba la horapor ejemploo le decía algo simpático, a lo que el carabinero siempre le respondía, haciéndole a un lado con un gesto de indignación o, simplemente, un pequeño empujón de majadero. Era una cosa sabida por todosincluyendo a los carabineros mismos.
--- "¡Papa, lechuga y tomáte!" le gritó con su mejor cara de indignación infantil. Por supuesto que el uniformado continuó con aquella tradición y le dió el correspodiente empujoncito.
Sinembargo, dos agitadores que observaban de adredes aquella escena, notaron de inmediato lo que sucedía. Sin siquiera darse el tiempo para interpretar sanamente el acto amistoso de aquel uniformado, se acercaron con mala intencón, sus puños en alto, desafiantes y mal intencionados. Uno de ellos lo empujó a tiempo que lanzaba otras grocerías de mayor calibre.
--- "¡Paco hijo´e puta!" le dijo uno.
--- "¡Abusador de mierda!" le siguió el otro.
El uniformado cayó al pavimento, donde fué duramente golpeado en la cara.
Inmediata y casi inconcientemente, el ofendido sacó su revólver de servicio. De la funda blanca, identificándole como hombre de tránsito, levantó amenazadoramente su arma para detener la acción y conseguir unos segundos que le permitieran reorganizarse.
---" ¡Cuidado que va a disparar!", gritó alguien desde la acera de enfrente, originando con ello el total desequilibrio entre los agitadores y observadores. Muchos corrieron, otros se lanzaron de boca al pavimento, algunas mujeres se escondieron tras un farol, todos se echaron unos pasos hacia atrás. Con ello, el policía consiguió levantarse para enfrentarse por primera vez a sus asaltantes. Con pistola en mano, pidió ayuda a gritos pero, en fracciones de segundos, se vió nuevamente rodeado por esos misteriosos agitadores salidos denadie sabia de dónde!
Tratando violentamente de quitarle el arma, lo tomaron por las manos, le empujaron y un grupo le cayó encima tirándolo nuevamente de espaldas contra el suelo. ¡Hubo una feróz patada loca de alguien que escapó! Pero antes de irse, le dió otro zapatazo en la cabeza haciendo brotar la primera sangre en aquel encuentro. Adolorido, el carabinero trató de defenderse pero le fué casi imposible.
En medio de ésta turbulenta escena de miedo, gritos, amenazas y violencia por doquier, otro de los individuos le quitó su revólver, sólo para dispararle un tiro a boca de jarro.
¡BANG!
Todos arrancaron hacia las diferentes veredas. El uniformado cayó al pavimento con sus manos epretándose fuertemente el pecho. Se hizo un silencio casi sepulcral.
¡Y allí quedó!
Boca arriba a medio estirar, con sus brazos abiertos como si estuviese en una cruz retorcida, solo, y en el centro de aquel anfiteatro de culpables que huían cobardemente para todos lados.
La bala había ido a parar bajo su chapa de servicio.
En medio de la paralización momentánea de todos los presentes, el que había disparado se colocó fríamente el arma bajo su chaqueta y caminó tranquilamente hacia la Iglesia de Los Domínicos. ¡Como si nada hubiese pasado! Cuando estuvo a una distancia prudente, corrió a todo lo que le daban sus piernas y a toda velocidad, simplemente, se perdió entre los mirones.
Fué en ese mismo momento cuando el cañon del Cerro Santa Lucía daba las doce del día.
La multitud se veía un tanto desconcertada pero, como favoreciendo a cualquier plan destinado a controlar a los protestadores, todos permanecieron en un radio relativamente cercano al cadáver del carabinero. Muchos gritaban sin ton ni son, algunos alzaban su puño derecho al blasfemar sin misericordia, otros callaban dudosos al ver que varios demostradores se dirigían con malas intenciones y rápidamente hacia las tiendas cercanas. Y en efecto, en cuestión de segundos, dos o tres felones con sendos garrotes en sus diestras, se lanzaron contra una de las vitrinas para quebrarlas de un solo palo. Se hizo un mini-segundo de silencio mientras los mirones observaban como el escaparate se hacía trizas inmediatamente después de esucharse la explosión que producen contra el garrote las millares de particulas resquebrajadas por su impacto.
12:23:18 horas.
Fué casi en esos mismos momentos que, quizás avisados por alguien mirando desde una de las tantas ventanas altas, llegaban bulliciosamente ocho radiopatrullas, dos ambulancias y un inmenso camión llevando a casi un destacamento completo de carabineros proveniente de la Primera Comisaría, en calles Santo Domingo con McIver, y desde la Prefectura General de Carabineros, situada frente a La Moneda y el Seguro Obligatorio, en la Plaza de la Constitución, dos cuadras más abajo.
Como por acto de magia la multitud se detuvo en sus lugares, cada uno en su sitio, paralogizados, quizás. Fracciones de segundos más tarde la masa humana comenzó a reaccionar nuevamente. Lo hicieron casi como en cámara lenta, abriéndose cual un abanico andaluz en cuya base iba quedando un gran espacio para dejar al cadáver en su centro. Quienes estaban a las orillas de aquel fenómeno originado por la llegada de la justicia, se desprendieron del grupo arrancando desafordamente hacia la Plaza de Armas y las calles conlindantes al sitio del espectáculo. Los vehículos policiales se estacionaron con gran bulla de sirenas. Dos de ellos se colocaron en la intersección del sitio de los hechos, otros dos se ubicaron en las esquinas previas, mientras que los demás coches y otros cuatro aislaron totalmente a las dos cuadras alrededor del perímetro del homicidio. Un médico y una enfermera que venían en la Asistencia Pública, se encargaron de atender al Carabinero caído y, al verlo, inmediatamente le informaron al Capitán Ernesto Dávalos Cifuentes que su subalterno había sido muerto por una bala en el pecho y, quizás también,a consecuencia de la serie de heridas en la cara y otras partes del cuerpo. Antes de llevarse el cadáver, le manifestaron que tendrían un informe completo al final del día"si es que era posible, dadas las circunstancias", dijeron.
Inmediatamente después de haberse detenido el camión, los carabineros recién llegados recorrieron rápidamente a ambos lados de la calle Huérfanos, mientras otro grupo hacía lo mismo, a lo largo de Estado y sus cuadras adyacentes. Con la extraordinaria rapidéz que otorgan los entrenamientos, la policía perseguió a varios individuos que consideraron peligrosos, sospechosos o, simplemente, porque estaban curioseando en la periferia del cadáver.
Debieron haber pasado unos cuantos minutos desde que la policía hiciera acto de presencia para iniciar el control de la revuelta. Ante la espectativa de quienes observaban por las ventanas de las oficinas adyacentes, dos inmensos "Huanacos", aquellos camiones aguateros portadores de un colorante identificador, hicieron su magestuosa aparición al inicio de la calle Estado, viniendo por la Alameda. Metros antes de llegar al tumulto, escupieron un líquido rojo que empapó a todos los que se encontraban en su cercanía.
La reacción fué inmediata.
¡Sálvese quién pueda! Y así fué.
13:20:16 horas.
Cerca de mas de un centenar de arrestados más tarde, aparecieron otros tres camiones militares llevando al personal suficiente como para acordonar el sector y permitir que los carabineros empezaran sus interrogatorios masivos. Seguidamente, se procedió al transporte de arrestados empujandolos en una media docena de camiones militares y otra docena de Juanitos policiales que aparecieron en la escena, casi unos tres minutos más tarde. Aparentemente, y desde el punto de vista represivo, la situación parecía haber sido totalmente controlada
Pero eso no fué todo porque, trás los primeros elementos del Regimiento Buin, aparecieron otros tantos más y en cuestión de menos de media hora, se escuchó al primer tanque que entraba ruidosamente por Estado, desde La Alameda, seguido por un gran número de conscriptos en sus ropas de campaña y con sus armas dirigidas a la población. Los observaban extrañados. Nunca pensaron en una acción tan rápida, tan unificada, perfectamente planificada. Era como si se tratáse de una batalla napoleónica. Actos similares aislaron de inmediato a casi todo el centro capitalino.
Así entónces, casi a las 14:05 de la tarde, nadie podía entrar ni salir del sector establecido por el Ministerio de Defensa.
El Centro del Gran Santiago, estaba en pleno
"Estado de Sitio"
Pese a ser la hora en que todos los empleados de las oficinas salían a sus típicamente bulliciosa "Hora de Almuerzo", quedándose algunos en los restaurantes céntricos y otros tomando, sin prisa alguna micro para viajar a casa, había un profundo silencio en todo el corazón de la ciudad.
---" Una multitud desconocida asesinó esta mañana, casi al llegar el mediodía, a un Carabinero de Tránsito sirviendo el semáforo en las esquinas de" decía un locutor del Diario de la Cooperativa Vitalicia, transmitiendo los primeros detalles de lo que misteriosamente estaba ocurriendo.
---" Pocos momentos después de efectuarse el incidente, las fuerzas policiales y unidades del ejército transportadas en camiones, se trasladaron hasta el sitio del suceso para controlar la situación con "Huanacos" y" La voz venía desde una pequeña radio de bolsillo portada por un transeúnte a pocos pasos del suceso.
De pronto, todas las calles regresaron casi al silencio total.
Parecía que alguien jugaba mágicamente con los pocos peatones habidos en el lugar. En los próximos minutos, se registró un extraño fenómeno. De pronto había un extraño silencio entre la multitud de mirones. Luego una estruendosa bulla seguida por otros segundos de silencio. Bulla y silencio. Muchos de los presentes se veían confundidos. Algo extraño pasaba. Porque al venir el silencio, muchos de ellos corrían apresudamente hacia la esquina para toparse de frente con el cordón de carabineros y militares. Al segundo siguiente, cuando llegaba el bullicio, todos regresaban a sus puestos originales y viceversa. Parecían animales acorralados dentro de un espacio de cordones imaginarios en cada punta de la manifestación. En ese instante, nadie sabía de lo que estaba pasando. Al final del día y hasta la en la actualidad, nadie supo. Y hasta siempre, nadie lo sabrá.
Algo inexplicable, verdad?.
Ahora bien, el hombre que aún portaba su pequeña radio de transistores se detuvo por un momento para escuchar a la voz de otro locutor, a quién identificó de inmediato por ser algo que siempre seguía a este tipo de situaciones..
---" A contar de este momento, ésta estación se une a la Cadena Nacional de Emisoras."
Silencio.
---" ¡Muy buenas tardes! Transmite.la Dirección General de Informaciones del Estado"
La "Gran Batalla de Santiago," comenzaba
¡OFICIALMENTE!
15:16:29 horas.
Desde el momento en que el Ejército ocupó las calles céntricas de la Capital, la población sufrió un total desconcierto. Al llegar el fin de aquella jornada de trabajo, casi todos salieron con mucha cautela a las calles para obtener noticias frescas de lo que estaba sucediendo pero, lo único que encontraron fué violencia, peligro e irritantes dificultades para movilizarse a cualquier sitio.
La presencia excesiva de personas en el centro, creaba una seria dificultad de movilización pública, no solo para quienes querían regresar a sus hogares sino que, muy en especial, para quienes manejaban la parte logística del problema. Esta dificultad consistía, lógicamente, en que a mayor número de individuos en las arterias principales del Gran Santiago, se hacía cada vez más complicado controlar a los causantes de los diversos disturbios que minuto a minuto iban ocurriendo en toda la ciudad.
Así las cosas, llegado el atardecer de ese primer día, los oficinistas comenzaron a regresar a sus casas usando cualquier medio de transportación disponible. Ya fuese colectiva, porque se permitio el transito de algunos buses y trolleys para evitar el caos total, o privada, gracias a los propietarios de vehículos que viajaron hasta a sus oficinas en sus propios cochescomo lo hacían todos los días del año. En todo caso, la mayoria de los santiaguinos tuvieron que caminar de una manera u otra. Los que iban para el Barrio Alto, se fueron a pié hasta un poco más allá de la Plaza Baquedano. Los que iban al oeste, bajaron hasta Avenida España. Los del sur, hasta Avenida Matta. Y por el norte el Río Mapocho donde estaban estacionados los buses que no se permitieron en el centro.
Y cuando se hizo noche, las calles comenzaron a verse desoladas.
19:25:25 horas
La Fuerza Aérea ocupó toda la Alameda, desde Avenida España hasta Plaza Italia, instalando inmensos reflectores con los que la recorrían, a lo ancho y a lo largo. Estaba estrictamente prohibido atravezarla. Además, los ciudadanos con sentido común, en ningún caso se atrevían. Era peligroso en extremo. Los grandes focos permitían a los militares controlar totalmente la acción de los franco tiradores que ubicaron contra las murallas, en los techos y escondidos en las puertas de los edificios en toda la Avenida, desde Plaza Italia hasta Avenida España, buscando en sus miras a los aventureros que serían su blanco perfecto.
20:00:23 horas.
Ministerio De Defensa, a un costado de la Plaza Bulnes.
Aquél jóven e inexperto teniente del Buin, esperaba nerviosamente la llegada del ascensor. Miraba de reojos a su sargento, su ayudante en éste caso, quién parecía estar enviándole mensajes de calma a cada movimiento de su cabeza
El carro llegó.
Dos militares en traje de campaña y armados hasta los dientes, les dejo ingresar al estrecho y simple vehículo. El que les permitió hacerlo, estiró marcialmente su brazo derecho y apretó el tercer botón. Se cerraron las puertas, el aparato subió lentamente hasta abrirlas nuevamente en aquel solitario, helado, largo y ancho pasillo del piso indicado. Allí, gracias a que fue avisado minutos antes, los esperaba formalmente el Capitán Arístides Mendoza y Lorca, un hombre delgado, bigotes estilo prusiano y cabellera firmemente alisada con alguna gomina barata.
---" ¿ Teniente Quintana, presumo?"
---" A su órden, mi Capitán. Me permito presentarle a mi ayudante, el Sargento Abraham Fuentes QuintanillaMi Capitán.?"
---" Mendoza, Teniente¡ Arístides Mendoza y Lorca!"
---" A sus órdenes, mi Capitán. Soy el Teniente Raimundo Ossa Bezoaín.
---" Perfecto, Tenienteetc.,etc. ¡Síganme los dos!"
Caminaron a tranco largo y militar hasta una de las oficinas del piso. Allí, al abrirse la puerta, el Teniente Ossa pudo saber que se encontraba frente al Comandante Carlos Alvaro Laredo Carvajal, Director de Informaciones del Servicio Secreto del Ejército chileno. Entraron. Se hicieron las presentaciones del caso y el Capitán Mendoza abandonó calladamente la sala.
20:25:13 horas.
En una de las oficinas del Ministerio de Defensa, en el mismo tercer piso, a tres puertas mas allá de la sala ocupada por el Jefe del Servicio Secreto, para ser exactos, el General Sebastián Clodomiro Aguero Montalbán, ex Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, ex Director General de la Escuela Militar Bernardo O´Higgins y actual Ministro Defensa, se reunía con los oficiales encargados de la urgentemente creada e instalada comisión denominada "Operación Militar para la Defensa de los Sectores Céntricos y sus Barrios Paralelos". Su objetivo básico era hacer un análisis parcial de los problemas que habían o que podrían presentarse, de un momento a otro, en cualquiera de los barrios de Santiago; en forma muy especial, en aquellos que aparecían dentro de una lista de sitios peligrosos. Pero el verdadero propósito de la reunion consistía, según dijeron sus subalternos que les habían dicho que, al preparar la ocupación militar masiva de todos los barrios capitalinos para cuando fuese necesario, el General le dijo a su esposa Olga --- "¡ Ajá, mi querida Olga! Los militares chilenos siempre tenemos que estar preparados para las brabuconadas de los insurgentes capitalinos, jé, jé!"
Además del General Aguero, los siguientes siete Oficiales de alto rango se encontraban sentados en esa larga mesa de operaciones militares.
El Teniente Coronel Carlos Honorato Valdivieso, ex Director de Famae, la Fábrica de Material de Guerra del Ejército y encargado de controlar la Plaza Militar de Santiago por haberse recibido con honores distinguidos en la Escuela de Guerra de los Estados Unidos, en Washington, su capital.
El Almirante Julio Sosa Mandiola, uno de los más jóvenes egresados de la Escuela de Leyes de la Universidad de La Sorbone de París, Francia, actual Director General de la Escuela Naval Arturo Prat y ex Attaché Militar de la Embajada de Chile en Francia, con sede en París, durante el último año del período presidencial de Don Gabriel González Videla.
El Contra Almirante Rubén Esteban Bañados Altamirano, Jefe de la Armada Nacional y uno de los marinos más distinguidos del país con estudios internacionales y participación directa en los juegos navales con la Flota del Pacífico, de la Armada de los EE.UU., en cooperación con las Fuerzas Navales de Gran Bretaña.
El General Antonio Domingo Vasconcelos Ugarte, Jefe de la Fuerza Aerea chilena y ex Embajador de Chile en Londres, durante el primer año en el mandato presidencial del General Carlos Ibañez del Campo.
El Capitán de Navío Manuel Estay Risopatrón, representando a su Cuerpo de Artilleros de Marina, quién hizo su servicio militar norteamericano en los llamados "Hombres Ranas" de los US. Marine Corp., con sede en la ciudad de San Diego, California, durante su juventud y mientras su padre trabajaba como periodista en la División Iberoamericana de la de Radio de Naciones Unidas, en la ciudad de Nueva York.
El General Prudencio Alegría Jorquera, General Director de Carabineros, el que representó a la policía chilena durante las Convenciónes Internacionales de la Policía Mundial en Nueva York, París, Milán, Amsterdam y Bruselas, respectivamente.
El General (R) Víctor Vargas Campusano, Director General de Investigaciones, ocupando ese cargo a petición presidencial y al terminar su período como Embajador de Chile ante la Organización de Estados Americanos (OEA), con sede en Washington, Distrito de Columbia en la capital norteamericana.
Estaban totalmente solos, sin sirvientes ni ayudantes de grados menores. Al necesitar algo de beber, por ejemplo, tocaban un timbre y, de inmediato, aparecía un Sub Oicial especialmente entrenado para este tipo de situaciones. Porque el hombre no escuchaba nada, no veía nada ni sabía nada. Así, entónces, ordenaban lo apetecido.
En un momento dado, luego de tres pequeños golpes en la puerta, el Sub Oficial que hacía las veces de guardián y de mozo, pidió permiso para interrumpir y anunciar al Comandante Laredo Carvajal, Director del Departamento de Inteligencia Militar.
---" Gracias, Suboficial. ¡Puede retirarse!"
El indicado se cuadró enérgicamente maltratándose sus tobillos con un sonoro taconazo al estilo nazi, amén de castigarse la frente dandose un feróz aletazo en las cejas. Salió a pasitos cortos para dar paso al Oficial de marras.
---" Siéntese Laredo. No sé que diablos hace usted en esa oficina suya,Comandante. ¡Es aquí donde lo necesitamos!¿No le parece?"
---" Con el permiso de mi General."
---" ¡Díga de una vez, hombre!
---" Creo que tenemos serios problemas, mi General!"
---" Lo dificulto, Comandante Laredo, porque más de los que tenemos hasta ahora sería como demasiado. ¿No le parece?"
---" Posiblemente, Mi General, pero tengo informaciones traídas por un miembro de la Dirección de Inteligencia, diciéndonos que habrá una ocupación estudiantil del Cerro Santa Lucía."
---" ¡ De que diántres me está hablando..Comandante! ¿Cómo no me lo dijo antes?"
---"Es que recién obtuvimos la confirmación, mi General."
---" ¿ Cuántos terroristas?"
---" Unos cien insurgentes, mi General."
---" Lláme al Capitán Vargas y dígale que venga inmediatamente."
El hombre saludó, se retiró y, un minuto más tarde, regresó a la sala con el oficial solicitado.
---" Dicen que hay un amotinamiento estudiantil en el Cerro Santa Lucía. ¿Qué sabe de eso, Capitán?"
---" Parece ser así, mi General. ¡Dígame lo que debemos hacer!", manifestó haciendo sonar sus tacones. "Tengo un destacamento de hombres seleccionados especialmente para estos menesteres, mi General."
---" ¡Habrá que sacar de allí a los terroristas antes de que creen más problemas! No necesitamos estos tipos en las espalda de nuestros muchachos de la Fuerza Aérea destacados en la Alameda. ¡Sería fatal!...¿No le parece Capitán? Disponga de un ataque frontal, a bayoneta calada si es necesario y tómese de una vez por todas ese maldito Cerro¡Y a cualquier precio, Capitán!".
---" ¡ A su órden, mi General!".
---" Comandante Laredo, asegúrese que la acción tenga éxito...de lo contrario, avíseme para aplicar la lista de ocupaciones."
---" ¡ Inmediatamente, mi General!".
---" A la salida, mándeme al Capitán Prieto y al Comandante Alfaro. ¡Altiro, Laredo!
Dos minutos más tarde.
---" Capitán Prieto, llámese al Ministerio del Interior, al de Relaciones Exteriores y al Congreso, avisándoles de lo que vá a suceder. Comandante Alfaro, comuníqueme al momento con el
Presidente."
Todas las órdenes se cumplieron de inmediato.
---" Ayudante, que me preparen la Sala de Guerra...!"
La situación se complicaba. Eran tan sólo las diez y media de la noche.
En el Diario "LA TRIBUNA".
23:32:11 horas.
Todos los redactores funcionando en el entrepiso del Diario La Nación, al frente de La Moneda, de propiedad del periodista Rafael Fuentes Plaza, quién otrora creara el primer Servicio informativo chileno de carácter internacional, "La Agencia Copper", se encontraban en la redacción para comenzar a escribir las noticias del día.
Como sucedía siempre en todas estas salas, a esa hora de las ocho de la noche, había gran movimiento de personas ejecutando sus labores en silencio, automática, rápida y eficientemente. El ambiente estaba intoxicado por el humo de cigarrillos, habanos y pitillos que hasta dificultaban la vista de los trabajadores; matíces de café italiano mezclado con más de una aromática botella de Concha y Toro, el vino chileno más famoso del momento, amén del típico aroma del químico con que se revelan las fotografías, residuos del olor al plomo de las ancianas linotipias alemanas que desde aquellos viejos talleres, en el subterráneo, inundaban ahora a edificio entero.
Los redactores iban produciendo sus cuartillas en hojas de papel de diario.
EN EL DEPARTAMENTO DE FOTOS, sus fotógrafos trabajaban efusivamente revelando sus más recientes películas en la pieza obscura más moderna de la prensa nacional y un jóven aspirante a reportero recogía rápidamente las historias del día. Por su parte, el Jefe de Talleres caminaba ansiosamente, por entre los escritorios, buscando más de algun final a una noticia inconclusa que estaba casi lista para ir a la linotipia, en el inicio del proceso tipográfico.
EN LOS TALLERES, al término de todos el proceso anterior y en algo que el periodista conoce como "parar el material", es decir, todo ese montón de letras unidas entre sí para formar las palabras que momentáneamente se leerán patas p´arriba, su molde pasa al departamento de prensa. Allí, se las ubica bajo los títulares armados en pesadas letras individuales y de acuerdo al diseño de la página, hecho por el Jefe de Redacción, en base a lo que los reporteros enviaron previamente y por separado.
La última etapa era juntar éstos extraños artefactos en un solo bloque aprensado por fuertes orilladores, juntarlas con las planchas fotográficas, convertir todo ello en una hoja de plomo que más tarde será atornillada a los grandes tambores de la prensa, para rocearlas automáticamente con tinta negra e imprimirlas contra el papel que, al ser cortado sistemáticamente cada dos páginas, al final de la cinta portadora, se convierte en la edición matutina del diario.
DE REGRESO A LA REDACCION. Mientras tanto en su escritorio colocado sobre una tarima, al centro de la redacción misma con el proposito de ver a todos los redactores, el Jefe de Informaciones Alberto Calderón Gamboa, alias El Gatillo, diseñaba la primera y última página del matutino. Porque el resto, había sido despachado a los talleres horas antes.
--- "¡ Enrique, dáme el título de primera!", pidió a su ayudante, un jóven y enérgico periodista venido de Sopesur, la Sociedad Periodística del Sur, una cadena informativa sirviendo a los diarios al sur de la nación.
---" Creo que vamos a tener que esperar unos minutos, Jefe. Amunategui dice que tiene una nota de última hora que HAY que poner en primera.."
---" Y se puede saber por qué?"
---" Parece que los cabritos de la universidad se tomaron el Santa Lucía y los milicos lo´atacaron a bayoneta calada. No sé los detalles, Jefe, pero ¡Parece que hay una recachá´e muertos!
---" ¿ Y...ya tiene la información?"
---" Apenas la está despachando, pos Jefe. Hay fotos con soldados disparando, hay presos, hay cualquier cantidad de muertos....de todo un poco. Ferreira se las trae en unos minutos."
---" ¡ Macanú'o...!"
---" Parece que fué planeado por el Comando Unico que dirige el General ése¿Cómo es que se llama? No importa, la cosa es que hasta el Comandante Laredoése que acaba de llegar de la Escuela de Guerra en Estados Unidos pa´dirigir a los cagüineros misteriosos esos.está metido en la cuestión. Usaron quinientos conscriptos del Buin y del Tacna para subir a bayoneta calada hasta el Mirador".
---" ¿ Ya terminaron...?"
---" Hace como media hora. Se llevaron como a 300 cabros en camiones hasta el Ministerio de Defensa, según me dijo Amunategui hace un rato, Jefe."
Segundos más tarde, el redactor llegó hasta el escritorio del Jefe de Informaciones casi al instante en que el fotógrafo le entregaba su trabajo. El "Gatillo" Calderón las miró, las repasó rápidamente, escribió algunos datos detrás de cada una, las midió diagonalmente con su regla, sacó algunos cálculos, las numeró y se las entregó al jóven periodista.
---" Dame lectura de monos de no más de dos líneas¿Oíste, cabrito?y déjate de andar escribiendo letanías en las lecturas de fotos.¿Me oístecabro?", le dijo.
---" Altiro, Jefe. ¡Yno se me´noje, Gatillito de mi vida, porque le van a salir canas¡ usted sábe dónde! .¿Querí´s una llamá´pa´primera?"
---"Corta...corta...¡Cortísima, gallo! Máximo diez líneasy a doble espacio¡Yá´sabís!como siempre..."
Tres minutos después, el jóven profesional regresaba con el pedido. Todo el material bajó de urgencia a los talleres.
A la una y media de la madrugada, luego de pasar por todo el proceso de imprenta, el diario salía a su distribución nacional, comenzando por Santiago y alrededores, con las primeras noticias impresas sobre el Estado de Sitio, sus más importantes detalles, otras informaciones y sin las perennes "cabritas piluchas" de la última página, que eran su característica diraria.
¡A BAYONETA CALADA!
MILITARES SE TOMAN EL SANTA LUCIA.
decía el llamado a toda página, en letras individuales y pesadas, adornando la parte superior de una composición fotográfica dual que mostraba cadáveres de jóvenes mutilados, a la derecha, y militares con bayonetas subiendo dificultosamente el Cerro Santa Lucía, a la izquierda.
"¡MUERTOS, PRESOS
POR CENTENARES!"
se leía más abajo, en grandes letras, a dos cuerpos.
"Arrestados en camiones al Ministerio de Defensa"
subtítulo inmediato.
Varias fotografías, con sus correpondientes lecturas y su respectivas llamadas de atención, para que el lector leyese el resto de la noticia en la última página con tan sólo dar vuelta el formato semi mercurial.
" Rumores de fusilamientos"
sobre la nota explicativa.
Esa primera edición contrarió totalmente los anuncios de las estaciones radiales de la Cadena Nacional. De paso, originó el cierre momentáneo del diario y el arresto inmediato del Director Responsable de "La Tribuna", que no era otra persona que uno de los mozos limpiando la redacción. Un procedimiento legal y rutinario de aquellos tiempos dificiles para la prensa nacional. El hombre gozaba de regalías salariales especialmente diseñadas para estos menesteres solamente.
Ahora, el público estaba realmente informado, aunque fuese por una sola vez, de lo que verdaderamente pasaba en ésta "Batalla de Santiago".
Segundo dia.
10:14:33 horas
Las fuerzas militares aumentaron un poco el número de sus contingentes en el centro mismo, agregaron otros dos tanques en la periferia, mientras que los carabineros se retiraron del todo, para colocarse en sitios estratégicos de varios barrios capitalinos.
Los ánimos populares estaban calmados frente a la tranquilidad general aparente que se produzco, luego de llegar los militares. Hasta hubo escenas simpáticas que los chilenos consideramos como exclusivas de nuestra población, su estado anímico ante la tragedia, su disposición psicológica frente a lo imposible.
Debían ser casi las dos de la tarde, de ese segundo día, dentro de aquel violento estado de sitio. Tal como venía sucediendo desde la madrugada, las calles estaban desoladas, tranquilas, sin bulla. Tan sólo un canasto de basura, con una llanta vieja y rota en su vientre, proveniente de algún coche que ni siquiera estaba ahora en el sector, ardía profusamente en la esquina donde se ubicaba lo que, en éstos tiempos, era la redacción del Diario El Mercurio.
Una bulla de pesado motor General Motor, sumado a ruido que producían sus engranages, invadió de pronto el ambiente tranquilo por el lado derecho de La Moneda, cerca del Hotel Carrera, en la Plaza de la Constitución. Pertenecía al tanque 2351, que patrullaba lentamente y con una gran dificultad mecánica, a ese segmento céntrico. Su inmenso ruido llamó especialmente la atención de unos pocos curiosos caminando por allí y en búsqueda de ver alguna aventurilla que les sirviera de memoria para el resto de sus vidas.
Miraron al aparato militar con cierto recelo, sin saber lo que podría pasar en los siguientes minutos. En todo caso, era parte de la curiosidad que los invadía en el momento. Lo dejaron pasar tranquilamente, pero siempre mirándolo con cuidado.
De prontosilencio.
El motor del pesado vehículo se detuvo por completo. Le siguió el ruido que producen los viejos automóviles cuando tratan de partir sin resultados.
Iéiéiéiéié¡Uuí!.iéiéiéié¡Uí!
El pobre motor americano trataba desesperadamente de mover sus partes ahogadas a consecuencia de una mala función del sistema bencineroo algo por el estilo. Era estrictamente necesario que el tanque anduviera. ¡Algo así cómo¡ALTIRO!
El chofer trató nuevamente.
Ieiéiéiéiéiéiéié¡Uí!
¡NADA!
Los curiosos comenzaron a reunirse cerca del vehículo y más de uno dijo algo.
---"¡ Puchas!, ¡La suertecit´el roto!"
---" ¡ Já, já, já!¡Cómo que se les parógallo!"
---" ¡ Güendar con los guerreros éstos!"
---" ¡ Chítas la guerrita que se´stan mandando estos milicos, diría yo!"
Las risas se detuvieron de inmediato cuando la tapa de la torre se abrió con un gran chirrido. Primero asomó un gorro militar. La cabeza después y, finalmente, los hombros de un jóven recluta en su uniforme verde, palido, flaco, semi asustado con mezcla de verguenza. Y no era para menos. Porque, dadas las circunstancias, la situación no podía ser más ridícula.
---" Mi Cabo!¡Parece que´sta cuestónestecomo que se fregó!¡Ah!¡Güeno con la porquería que nos dieron, mi Cabo!", gritó hacia el interior de la cabina bajo sus piés.
---" ¡Já, já, já, já!" fué la respuesta de los mirones.
Hubo unos segundos en que nada sucedió. No se sabía lo que iba a pasarTampoco se sabía si los militares se apertrecharían dentro del vehículo descompuesto, si las cosas serían tomadas en extrema seriedad, en broma, o si los otros colegas en la perifería lo considerarían un boicot, una mala intención, una provocación pública, etc.,etc.
Los mirones callaron.
De pronto, y para la tranquilidad general, el militar mostró sus intenciones de bajarse del tanque. Miró cuidadosamente para todos lados y cuando se aseguró que todo estaba bajo controlo por lo menos tranquilo, descendió con cierta dificultad. Volvió a mirar al público y puso sus brazos en jarro como esperando la reacción general. Aparentemente, temía un ataque masivo. La experiencia del Carabinero en la esquina de Huerfános, frente a la Iglesia de Los Domínicos, le servía de fatal antecedente.
Pero, en medio de la tensa situación pareció divisar a un amigo. Segundos después, se dirigió con toda confianza hacia el grupo de chiquillos de su misma edad que miraban felices a lo que estaba sucediendo.
Se acercó a uno de ellos y le estiró su mano. El otro jóven le saludó con cariño.
---" ¡Hola, Cardoso!¿Y que´stai haciendo aquí, gallo?"
---" ¡ Mirandote a vo´pó hue´ón! ¿Que creí´ que´stoi haciendo?"
---" ¡ Puchas..¿Te fija´te jetónse nos paró esta cuestiónuón!"
---" ¿Y me lo decí´a mí,uón?"
---" ¡Já, já já!" reaccionó el resto de la pandilla.
--" ¡ Oye...Chis! ¡ Péguens´iuna ayudaíta, pó!"
---" ¡Claro!¡No fartaba ma´, compaire! ¡A ver, compañerosuna ayudaíta pa´los valientes aquí!"
---" ¡Já, já, já, já!"
Y un increíble número de personas adicionales aparecieron misteriosamente desde diferentes partes y se adelantaron para ayudar al amigo de aquel jóven y asustado militar que se veía solo, sin un superior por el momento. En cuestión de segundos se colocaron detrás del tanque.
---" Agora, Gallo!" Gritó uno.
---" Aguántateaguántateque nos´tamos listos entoavía!" dijo otro, escupiéndose las manos y sobándoselas con alegría
---" Yá, po´déjense de uéviare! ¡Vamo´a las tchré!
Y a la cuenta de tres, todos empujaron al unísono.
El vehículo casi no se movió. Pero, por uno de esos milagros que Dios sólo concede a los chilenos en apuro, su motor razgó el silencio y la máquina comenzó nuevamente a caminar, vomitando gran cantidad de humo azul, espeso y maloliente.
Mucha felicidad entre la concurrencia. Grandes aplausos de la multitud. Y ahora, por la claraboya abierta del tanque, apareció una segunda figura. Obviamente era el famoso Cabo encargado de conducir al pesado aparato.
---" ¡Gracias chusma inconciente!", gritó sonriendo y se regresó inmediatamente al interior, pero sin antes gritarle una órden a su subalterno para que dejáse a sus amigotes y regresara al vehículo con la responsabilidad que correspondía dada la situación.
El jóven conscripto no le prestó atención. Se dió vuelta hacia sus amigotes y les saludó alegremente levantando la mano derecha con una angelical y sincera sonrisa de roto agradecido. Entónces, agitando su brazo derecho como si se despidiése de su propia familia, se subió con la misma dificultad con que se había bajado y trató de entrar al 2351 que continuaba humeando por todos lados.
¡BRBRBRBRBBRarrrrrCLIC CLIC CLIC!
El mastodonte se movió con inmensa pesadez.
¡CLAP, CLAP, CLAP!
Hubo grandes aplausos, tallas por doquier y sinceras risas de felicidad.
El conscripto, aún a medio subirse a la claraboya de entrada, se dió media vuelta y rió a carcajadas mientras su Cabo le gritaba improperios militares, amenazas de juicio, cárcel militar, etc., etc. Pese a todo, el humilde jóven del barrio de "La Pila", tuvo tiempo para saludar nuevamente a sus amigos. Se sentía orgulloso de la cooperación y de sus amistades. Después, todos le volvieron a aplaudir, se rieron de buenas ganas y se dispersaron para regresar a sus personalidades de aventureros santiaguinos.
Hasta ese momento en que todo parecia una tragedia fatal, una tragedia más para el sufrido pueblo santiaguino, a modo de balance, a esa hora de pasadas las 11.28 horas, del segundo día del Estado de Sitio, se había registrado la reacción típica de un pueblo simple, humano en todas sus facetas, indignos de aquel maltrato militar originado por una pesadilla política. De un pueblo sano y pícaro en el sentido exácto de la palabra. De una clase social chilena que siempre recurre a la espontaneidad simpática, heredada de sus ancestros andaluces. Por supuesto que todo apareció publicado en los diarios vespertinos.
Pero al atardecer, los militares mostraron nuevamente su estámina guerrera frente a una población iexperta
Tercer día.
02:28:47 horas
Serían casi las dos y media de la madrugada del tercer día cuando los redactores de "La Tribuna" salieron a la calle para reunirse con sus colegas en el restaurante Don Bosco, en la Alameda, casi al llegar a San Antonio, frente a la Iglesia de San Francisco.
Allí se juntaban, discutían detalles de lo sucedido durante el día anterior, los posibles "golpes periodísticos", como llamaban a las noticias exclusivas que otros habían ignorado o que desconocían, oían música en vivo y, mientras comían alguna "pichanga" más o menos "regada", escuchaban a Silvio Juvesi, por ejemplo, recitando el útimo poema de algún escritor jóven buscando fama. Escuchaban alguna canción de los hermanos Gatica, Arturo y Luis, conversaban con políticos del momento, etc.,etc.
---" Pasemos por La Nación para hablar con Benedicto", dijo el jóven.
---" Te acompaño", le replicó, Valderrama, su fotógrafo y amigo.
Salieron rápidamente del restaurante, caminaron por la Alameda con destino a un costado del Palacio de La Moneda, atravesar la Plaza de la Constitución y regresar a La Nación, en la esquina opuesta al Hotel Carrera, por el sur, y el Banco Interamericano, por el norte. La Moneda se veía extremadamente custodiada. Había centenares de militares y carabineros. Ningún civil.
Estaban ahora, más o menos al centro de la plaza. Con mucha dificultad, debido a la total obscuridad del sitio, Amunategui miró su reloj. Eran las dos y tanto de la madrugada del tercer día.
En ese momento, como salidos de la nada, se encendieron las dos lámparas de lo que, presumieron, sería un vehículo militar pequeño. Casi al mismo instante, un foco de alta potencia les individualisó como si se tratase de dos artistas en medio de un inmenso escenario. Obviamente, quedaron encandilados como dos gatos en una noche de invierno santiaguino. Se veían paralogisados, con gran pánico.
Juan Carlos se agarró fuertemente a la manga de su amigo y viceversa. Porque la situación los tomó totalmente de sorpreza ya que, entre otras cosas y en la total obscuridad creada por los militares para una mejor protección del lugar, ninguno de los dos había, siquiera, pensado en la posibilidad de ser detenidos y, menos aún, ver un tipico jeep del ejercito y a su media docena de reclutas jovenes vestidos del verde correspondiente y con sus famosos bototos negros. Estaban en absoluto silencio, con una impajaritable posición de asalto, con sus armas apuntándolas al pecho de ambos periodistas.
Se quedaron inmóviles. No sabían que hacer ni que decir.
Porque, dadas las circunstancias existentes y a esa hora de la madrugada, cualquiera cosa, cualquier movimiento falso era fatal y extremadamente peligroso. Un error de ambos bandos, una mala interpretación militar, un gesto, una palabra fuera de lugar, la voluntad del oficial encargado del pelotón o, simplemente, nada, sería un error fatal que bién podría costarles la vida.
---" ¡Alto o disparo!", dijo una voz joven y firme.
--- "¡Dénse media vuelta los dos.y ALTIRO!"
Así lo hicieron. El encandilamiento fué total pero ninguno de los dos trató, siquiera, de taparse los ojos para protección en contra de la fuerte luz que los encegecía. Era peligrosísimo.
---" ¡ Las dos manos sobre la cabeza...rápido...los dos, las dos.¡AHORA ALTIRO..ALTIRO!"
Lo que parecía ser una simple silueta, se bajó rápidamente del vehículo. Exáctamente. Era un jeep americano de la Segunda Guerra Mundial. No cabían dudas.
Un Sargento jóven, delgado y de una estatura respetable, portando su pistola de servicio en la mano derecha y una linterna en la izquierda, saltó del carro con visible agilidad. Dos conscriptos le acomapañaron de inmediato y se colocaron a sus espaldas mientras que, en el silencio de la madrugada, se escuchó el engatillamiento de lo que, estimó Joaquin, era una metralladora de alto calibre, montada en algún sitio del vehículo. Presumiblemente atrás.
Los tres se acercaron vigorosamente, deteniéndose a una distancia prudente.
---" ¡Bahamondes, tantéemelos con cuidado!"
El hombre se acercó con paso firme, les palpó por todos lados, incluyendo entre las piernas y, especialmente, en la cintura.
---"¡Sáquele los zapatos a los dos! ¡Sargentorevíseselos!" gritó desde lejos quién, presumiblemente para los periodistas, debía tener un rango superior al que estaba comandando el registro.
Asi lo hicieron. Ambos periodistas estiraron sus piés por separado. Cada uno de los conscriptos acompañando al Sargento, los apartaron a empujones y,con sus fusiles apuntándoles directamente a la cabeza, atestiguaron el proceso. Cuando ambos hubieron terminado, se les juntó nuevamente de un sólo empujón y se les ordenó el regreso de ambas manos por sobre sus cabezas. Cada uno de los soldado recogió los zapatos.
¿Razón para ésta maniobra? No importaba porque, obviamente, el oficial debió haber tenido sus razones estratégicas.
---" Los dos contra el vehículo...¡MARCHEN!!"
Obedecieron sin titubear.
Con ambas manos colocadas sobre la parte delantera del jeep, para desequilibrarlos, y frente a los focos que no dejaban ver claramenete a la patrulla, sintieron que alguien les abría las piernas empujándoles por sus tacos y obligándoles a separarlos.
---" ¡ Nombre, profesión y trabajo"!
Nuevamente los registraron cuidadosamente, uno por uno, tanteándolos de arriba a abajo otra vez.
--- "¡Usted! NOMBRE, PROFESIÓN Y TRABAJO", insistió el militar apuntando a Cifuentes.
---" Antonio Luis Valderrama. Periodista fotógrafo del diario La Tribuna. 24 años de edad, nacido en Santiago."
---" Está bien. ¡Usted!"
---" Juan Carlos Amunategui, periodista del mismo diario, 20 años de edad, santiaguino. Si revisan bien mis bolsillos encontrarán."
---" ¡Silencio! Ni una palabra más o queda arrestado por insurgente", fué la corta amenaza del militar. Amunategui le sonrió porque jamás había escuchado ese adjetivo calificativo que los españoles usaron frecuentemente durante la reconquista de Chile hacía mas de un siglo.
Efectivamente, les metieron las manos en los bolsillos de afuera y de adentro, les toquetearon nuevamente sus piernas, los testículos, el traste y revisaron cuidadosamente los zapatos.
Los militares aún no habían terminado su maniobra cuando, en ese momento, se sintieron unos gritos que parecían venir de la esquina del Hotel Carrera.
---" ¿Ve algo, Sargento?" preguntó el Oficial.
---" Hay un par de bultos. Pero no los veo muy claro,¡mi Teniente!!"
---" ¡Póngales la luz!"
El mismo foco que aún iluminaba el sitio en que los periodistas habían sido detenidos, se encendió desde la parte trasera del vehículo dejando traslucir a la inmensa ametralladora de la que había sospechado Juan Carlos y la que apuntaban directamente hacia el lugar del grito. Al verse claramente la esquina del edificio, se divisó a una sombra tratando de esconderse un poco más atrás del borde.
¡Nadie dijo nada!
El soldado que recibió la órden comenzó a deslizar el foco hacia la derecha, pero la sombra se corría al unísono. Los conscriptos apuntaron hacia su blanco. La luz volvió a correrse y, desde la obscuridad, como un rayo, salieron dos figuras corriendo en dirección al Hotel Carrera.
¡TAC..TAC,TACA, TAC.!
No bien había caído el primer individuo cuando el soldado que estaba inmediatamente al lado del sargento, disparó también.
¡TAC...!.¡TAC TAC TAC!
La segunda figura rodó por el suelo.
---" Vasquez, informe a la Comandancia. Bustamante y Matamala, revisen el perímetro. Benavides y Maluenda, con metralleta alerta, de frente a los caídos. ¡Registrenlos por armas! ¡Ahora mismo, carajo! Sargento, entréguele sus documentos a estos caballeros."
Asi lo hizo el Suboficial.
---" Ya pueden bajar los brazos...Revisé a medias sus salvoconductos pero pude ver que se los firmó mi Teniente Coronel Honorato. Lamento haberlos detenido pero no tenía otra alternativa. Señor Valderrama aquí están sus papeles. Estos son los suyos, señor Vergara. Mil perdones pero era necesario. ¿Hacia dónde iban? "
Uno de los soldados que había salido a ver a los caídos, regresó trotando.
---" Una pareja, mi Teniente. Los dos están muertos. La mujer cayó primero y el hombre después. Benavides está buscando las identificaciones."
---" Regrese altiro y váyase con cuidado. Sargento¡Respáldelo....!"
El soldado salió nuevamente hacia el Hotel Carrera y el Sargento le siguió desde su puesto, siempre apuntando el visor de su ametralladora pesada hacia el sitio del suceso.
---" Veo que tienen el permiso de mi Coronel. Bueno, siento haberles causado tanto inconveniente pero...ustedes comprenden...es la única manera. ¿Puedo ayudarles en algo?"
---" ¡Ejem! No gracias. Ibamos a reunirnos con unos amigos..." dijo Valderrama.
---" Espéreme aquí unos segundos y cuando regresen mis hombres los acompaño hasta La Nación."
---" ¡ No,no,no.. ¡Gracias, pero no se moleste! ejemesteNo se preocupe, que nosotros nos vamos sólos....¡aaaaah! este...nos quedaremos en la redacción hasta que amanezca."
---" Bueno. Si es así, que les vaya bién."
Los soldados regresaban cuando ambos caminaron aceleradamente hasta la inmensa puerta del periódico.
---"Sargento, vea que recojan los cadáveres y que se los lleven a la morgue,de inmediato. ¡ Muévanse, carajo! Canténme los nombres y póngalos con los otros."
EPILOGO
En el cuarto y quinto día del Estado de Sitio, no se desarrollaron sucesos de importancia. Sin embargo, la ciudad continuaba siendo estrechamente vigilada por todas las Fuerzas Armadas.
Durante el día, reinaba una calma casi total. Hasta podía decirse que la normalidad iba regresando lentamente a Santiago. En la noche, las cosas cambiaban un poco pero, en ningún caso, era como para tomar medidas extremas. Lo sucedido en esa semana no dejaba de ser una situación sumamente extraña.
Los medios informativos comenzaron a perder interés porque, si no fuese por las noticias oficiales provenientes de la Dirección de Informaciones del Estado, habrían tenido dificultades para llenar sus páginas dedicadas a la resaca del problema. Así es que se limitaron a clasificarlas y a publicarlas entre las secciones de Crónica General y Policía. La población, por su parte, había perdido el interés en éstas cuestiones.
El "Toque de Queda", desde la caída del sol hasta las seis de la mañana del día siguiente, se fijó para más tarde, entre las dos y las cinco de la madrugada y, después, desapareció del todo.
Nadie comprendía lo que había pasado. Las informaciones del Ministerio de Defensa y de la Dirección de Informaciones del Estado eran muy vagas, para decir lo mejor, y nunca explicaron bien el por qué, el cuando y quienes eran los que estaban envueltos en semejante situación.
Se habló de terrorismo, pero no hubo cargos concretos.
Se acusó a los comunistas de traición a la patria, pero no se dieron casos específicos y la acusación no se mantuvo.
Los sindicatos no fueron jamás tocados. Por el contrario, se ignoraron sus quejas.
Más de algun diario dijo que la CIA, de Estados Unidos, había tratado de crear un caos apoyando a un posible Golpe de Estado contra el Gobierno, pero ningún medio recogió la noticia.
Definitivamente, los militares no tenían una excusa específica para mantener a sus hombres en las calles pero tampoco ofrecieron explicaciones ni declaraciones pertinentes. Las Fuerzas Armadas trataron su participación en los hechos como una maniobra de entrenamiento. Nada más ni nada menos.
A los periodistas, por su parte, sólo se les dijo que era una cuestión militar, que los ladrones y los "callamperos" habían bajado a la ciudad y que un grupo antisocial, aprovechándose del pánico, había proyectado derrocar al Gobierno democráticamente elegido por el pueblo.
¡ Eso fué todo!
Llegó un momento en que la presencia militar solo dificultaba el desarrollo normal de toda la capital. La gente comenzó a impacientarse por las incomodidades y, entónces, ganó el sentido común.
Tal como había empezado, el Estado de Sitio, de pronto, terminó.
Tal como los militares habian aparecido, poco menos de una semanas atrás, así también se fueron.
La movilización colectiva regresó, nadie sabe cómo.
Y ese atardecer se abrieron los cines y los restaurantes.
La gente llegó a sus lugares de siempre, usando las micros acostumbradas.
Las cafeterías volvieron a llenarse y ese sábado, todos pasaron un magnífico fin de semana.